Madre mía, madre mía... Esas fueron las primeras palabras que salieron de mis labios al ver el resultado del test de embarazo que daba positivo.
Llevábamos un año intentando tener un bebé y cuando apareció una manchita perfectamente visible en el test nos emocionamos muchísimo.

Pero también nos asustamos. Miles de cosas pasaron por nuestra cabeza, en ese momento me pregunté ¿seré una buena madre? ¿estoy realmente preparada para tener un niño?

Creo que nadie está preparado para ser padre hasta que no tienes a tu hijo en brazos y mucho menos se está preparado para recibirlo en esas circunstancias.
En la primera ecografía ya me dijeron que era una niña. Todo el mundo apostaba porque fuera niño porque todos los primogénitos de mi familia habían sido varones pero Alicia fue la excepción.
No sabíamos hasta que punto iba a ser excepcional hasta que nació.
Todo iba estupendamente, me cuidaba y las pruebas salían todas bien, tuve un embarazo de lo más normal con las cosas típicas, vómitos, dolores de espalda, pesadez... todo dentro de lo normal.
Hasta que un día, a los seis meses y medio de embarazo, empecé a encontrarme mal, los vómitos ya no eran normales. Después supe que había roto aguas por la boca, algo que no había oido jamás ni pensaba que fuera posible.
Llamamos al médico de guardia que nos recomendó ir a urgencias porque corría el riesgo de deshidratarme.
Una vez allí me ingresaron y me colocaron un gotero. Pasé la noche vomitando pero creyendo que al día siguiente me darían el alta y podría volver a casa.
No fue así. Me hicieron unas pruebas y comprobaron que ya tenía cuatro centímetros de dilatación, era imposible parar el parto.
Había dos opciones, practicar una cesárea en ese mismo momento e intentar salvar a la niña o dejar que naciera por su propio pie, con lo que no podría vivir ya que era demasiado pequeña y débil para soportar ese esfuerzo.
Desde luego, nos inclinamos por la primera opción.
Me pusieron una inyección de corticoides para acelerar mínimamente el desarrollo de sus pulmones y me bajaron a la sala de preparación rápidamente.
Yo estaba desesperada, no hacía más que preguntar si la niña podría vivir. Nunca había oido que naciera una niña con tan poco tiempo de embarazo y nadie me decía que fuera a salir bien.
En ese momento nadie podía asegurar nada pero todo el equipo se portó fenomenal. Las enfermeras intentaban tranquilizarme e incluso me hicieron sonreir en algún momento.
En el quirófano me durmieron y en menos de dos horas la niña había nacido.
Eran las 20:35 del 27 de junio de 2000.
Ahí empezó toda una odisea que parecía que no terminaría nunca.

Siguiente